LOS TRES CERDITOS


CUENTO POPULAR - LOS TRES CERDITOS

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Esta es la historia de tres simpáticos cerditos que vivían felices y dichosos junto a sus papás, pero un buen día, considerando que eran lo suficientemente mayores para labrarse su propio porvenir, abandonaron el tranquilo hogar familiar. Durante todo un verano se dedicaron a hacer nuevos amigos, y divertirse de lo lindo, pero llegó el mal tiempo y todo el mundo se refugió en su casa, más aun, teniendo en cuenta que se encontraban en los lindes del bosque y el lobo andaba siempre acechando. Los tres cerditos comprendieron entonces que era urgente el ponerse a edificar su propia vivienda.


El más pequeño era muy perezoso y decidió construir una cabaña de paja desatendiendo los consejos de sus hermanos mayores, que no dejaban de advertirle que el lobo la derribaría sin ningún esfuerzo. No tardó mucho en terminarla y se puso a jugar despreocupadamente.


El segundo cerdito, que destacaba más por su glotonería que por su amor al trabajo, tampoco se esforzó demasiado en levantar su casa, lo hizo con unas simples tablas unidas por unos pocos clavos. Esta frágil construcción, al igual que la anterior no contó con la aprobación del hermano mayor, seguro de que no resistiría las acometidas del lobo.


El tercer cerdito que era sabio, prudente y muy trabajador, construyó su vivienda sólida y bien cimentada a base de ladrillos, algo que le costó un gran esfuerzo, mientras tanto sus hermanos no dejaban de divertirse, a veces se reían de él diciéndole:

-¿Por qué trabajas tanto? No seas necio y ven a jugar con nosotros. 

-Primero tengo que termina mi casa, después tendré mucho tiempo para jugar.


Como todos temían, muy pronto se presentó el lobo y como era de esperar se fue directamente a la construcción de paja por ser la más enclenque. Llamó a la puerta.

-¡Toc, toc! ¿Puedes abrirme? –Dijo el lobo en un tono amistoso que estaba muy lejos de ser sincero. 

-¡No, no puedo! -contestó el cerdito temblando de miedo, porque sabía muy bien quién era y lo que buscaba- ¡vete y déjame en paz! No pienso abrir la puerta.


Ante la negativa del cerdito, el lobo muy indignado comenzó a soplar con tanta fuerza que en poco tiempo la derribo, saliendo todas las pajas revoloteando y formando tan tremendo remolino que por un instante impidiendo la visión al carnívoro, momento que aprovechó el cerdito para escapar del alcance del lobo y refugiarse en la cabaña de madera de su hermano, que era la que tenía más cerca.

-¡Pasa, pasa, corriendo! aquí el lobo no nos cogerá.


Pero nada más lejos de la realidad. El lobo que no estaba dispuesto a renunciar al festín que le proporcionaría el comerse a los cerditos, llamo a la puerta de la casa de maderera, donde se encontraban ahora refugiados los cerditos holgazanes.


Como aquí tampoco le abrieron, empezó a soplar una y otra vez con tanta energía que al final logró derribarla, casi milagrosamente, los dos pequeños escaparon de las garras del feroz animal y corrieron a buscar cobijo en la casa de ladrillo de su hermano mayor.


Sin perder tiempo y cada vez más enfurecido, el lobo comenzó a soplar para derribar también esta última vivienda, tuvo que quedar exhausto para darse cuenta de que nunca lo conseguiría.


“Tendré que idear alguna artimaña si quiero comerme a los cerditos” –pensó el carnívoro- y así fue como buscó una escalera y trepó por ella al tejado para colarse por la chimenea. Mientras tanto el cerdito mayor que era muy sabio atizó el fuego y preparó un caldero con agua hirviendo, y cuando el lobo descendió se dio de bruces con la cocción, saliendo escaldado a toda velocidad y sin dejar de correr hasta meterse en el río para aliviar su dolor, y nunca más se le volvió a ver por la zona.


Los dos hermanos pequeños, haciendo caso de los atinados consejos del mayor, levantaron de nuevo sus casas, esta vez de ladrillo tan sólidas y resistentes como la de su ejemplar hermano, manteniendo siempre el fuego encendido, para avisar al lobo de lo que le podía ocurrir si intentaba entrar en su interior. Y solo entonces pudieron, jugar, cantar y divertirse sin ninguna preocupación.



FIN

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