VIAJE AL PASADO - CAPÍTULO 3

"Viaje al pasado" es un misterioso relato sí, pero, no vayáis a creer que es ficción ¡Ni mucho menos! Se trata de un suceso real ocurrido a dos niños muy conocidos, hemos alterado algunos datos sin importancia, como por ejemplo sus nombres para evitar su identificación.

Dada su considerable extensión y para no resultar pesados, lo hemos dividido en capítulos.


Título: Viaje al pasado
Autora: Malupa Fontana Óter


Dormían en la calle, acompañados de otros niños vagabundos, comían fruta podrida abandonada tras un día de mercado, y algún que otro pedazo de pan duro que almas caritativa les arrojaba al suelo, disputándose la preciada dádiva con perros tan hambrientos y abandonados como ellos, en alguna ocasión su amigo que no les abandonaba en ningún momento, llego a compartir con ellos algún diminuto y exquisito trozo de longaniza, ganado duramente tras una interminable jornada de trabajo. A veces y más bien por diversión, los ricos aristócratas les lanzaban monedas para ver cómo se enfrentaban entre ellos al intentar atraparlas, si los desafortunados apátridas pillaban alguna la guardaban para sus fines: volver a casa.


Dentro de tanta penuria también hubo mucho tiempo para la diversión. Sin importarles el desfallecimiento que les producía la falta de una alimentación adecuada, (a la que ellos estaban acostumbrados) jugaban incansablemente a la "taba": un hueso de animal que hacía las veces de dado, Rogelio les regaló una con la inscripción "amigo", palabra que sus compañeros le habían enseñado a escribir, Jorge se lo guardo en su bolsillo, de forma mecánica; a sostenerse erguido sin perder el equilibrio tratando de andar y correr sobre unos palos llamados zancos, este juego lo conocían de haberlo visto en el circo de pequeños pero nunca lo habían practicado y era, con mucho, el más divertido, su favorito; jugaban también al "hinque": se trataba de clavar en la tierra un palo afilado por un extremo a la vez que se intentaba derribar el que había insertado el contrincante; a ver quién escupía más lejos, quien lanzaba la piedra más distante y todo aquello que tuvieran que ver con piedras palos tierra y hasta huesos de animales. Jorge y Rosa llegaron a la conclusión de que se divertían más y mejor en este mundo primitivo sin la obligación de los estudios, que en el suyo con esa pesada carga y tanto juguete sofisticado y digital.


No solamente formaron parte activa de la forma de vida del pueblo llano, sino que también, siempre de la mano de Rogelio, fueron testigos ocultos, de cómo se divertía la nobleza. Su pasatiempo preferido a la vez que arriesgado consistía en introducirse en los jardines de palacio, tras burla la escasa vigilancia de la guardia real, y desde allí agazapados entre los arbustos contemplar las diversiones y festines de la corte, que siempre les dejaba boquiabiertos, ¡qué reyes tan diferentes a los que protagonizaban los cuentos de su infancia! Comilonas, bailes, danzas, juegos malabares y otras cosas de la época se mezclaban sin armonía y sin gusto, en el centro del espectáculo el trono y en el centro del trono el rey con su aparatoso atuendo y su corona, alrededor del cual giraban todos los súbditos como peonzas decadentes, brindándole honores divinos. A ellos, más que majestuoso, les parecía un mamarracho, sucio, grosero, y grotesco, que casi siempre se encontraba ebrio; a su derecha la reina, su esposa, adornada, más o menos, con los mismos a tributos del monarca y saltando sin cesar los principitos, una nutrida prole tan mal educada como sus venerados progenitores. Pero les encantaba ver como danzaban las ágiles bailarinas, oír cantar a los juglares y como no, los números circenses, particularmente aquellos que tenían que ver con la magia.
-No me gusta nada este rey -dijo Rosa.
-A mi no me gusta nada de esta forma de vida, mientras el pueblo agoniza de hambre, ellos terminan ahítos, derrochando alimentos -respondió Jorge.
-¡Chiiisss! Si alguien os oyera criticar las costumbres reales, inmediatamente y sin ningún reparo nos cortarían la cabeza a todos -añadió Rogelio.


En su obstinada búsqueda de la fórmula para volver a casa, un viernes de verano (el día de la semana lo sabían porque había mercado, y la estación por infernal calor, pero ignoraban el año y hasta el mes), alguien les indicó una casa en las afueras del condado en donde podían encontrar un brujo de fiar, conocido con el nombre de "el Genio de la Fragancia".


Hacia allí se dirigieron los involuntarios aventureros raudos y veloces, nada más poner el pie en la morada quedaron impresionados por su sencillez, lo contrario de todas las que habían visitado anteriormente, donde era difícil encontrar un hueco para moverse, constaba de cuatro paredes, una gruesa alfombra colocada en una esquina y una chimenea apagada, en el fogón sobre una trébede descansaba un caldero con una pócima humeante a pesar de la falta de fuego, de la que se desprendía un aroma tan agradable como mágico, ya que no solamente quedaron impregnadas las ropas, sino las mentes de todos los que se aproximaban.


Sentados en el suelo, pues no había otra opción, los muchachos relataron su asombroso suceso, el hechicero lejos de burlase, algo a lo que estaban acostumbrados, ni pedirles nada a cambio, se limito a responderles muy serio: "La manera de volver la tenéis que encontrar por vosotros mismos", a la vez que les invitaba a salir con un gesto que señalaba la puerta.


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