B I G O T I T O S



CUENTO ORIGINAL - B I G O T I T O S

Esta es la historia de un ratón dotado de poderes mágicos, capaz de hacer las mayores fechorías, probar a leerlo, seguro que os deja una agradable sensación.


Pulsando en estas ventanitas puedes acceder a las actividades lúdicas de la web: crucigramas, sopa de letras, completar frase, cuestionarios y muchas más. Como te decimos todas son muy entretenidas y divertidas, tienes una escala de niveles para que elijas las que más se acople a tus gustos. Todas las palabras están contenidas en el texto del cuento.


 

Título: Bigotitos
Autora: Malupa Fontana Óter

Esta es la historia de una bella princesita que estaba prisionera, y no precisamente por voluntad de un dragón, serpiente o cualquier otro monstruo legendario de la época; no, Hijana: la protagonista de esta historia, había sido capturada por un diminuto y escurridizo ratoncito, cuya extraña y poderosa fuerza nadie sabía donde radicaba para poderla combatir.


El caso es, que cuando el rey se enteró de la desaparición de la princesa, convocó urgentemente a todos los sabios del lugar para hallar la forma más rápida y segura de rescatar a su hija. Éstos al enterarse de la noticia apenas pudieron disimular la risa, pensando en lo simple que sería vencer al raptor. Pero la primera comitiva encaminada a tal fin, volvió con la vergüenza de una más que sonada derrota.


Tras el estrepitoso fracaso, nueva y urgente reunión de los ilustres ancianos, que ya no reían, sino que más bien, tenían fruncido el entrecejo. Después de varias horas de deliberación acordaron enviar un potente ejercito equipado con tecnología punta de la época: arcos con flechas bien afiladas y tirachinas con piedrecillas de pedernal. La numerosa hueste llegó muy pronto a la débil construcción de Bigotitos donde tenía alojada a su ilustre presa, desde un pequeño ventanuco, con el espacio justo para sacar la mano, la princesa les hacía señas agitando una y otra vez un pañuelo blanco a la vez que gritaba con todas sus fuerzas:


-¡Por favor, librarme de este horrible encierro!

-En seguida vamos, alteza -Se apresuró a responder la tropa unánimemente, cuando llegó hasta sus oídos la débil voz de la muchacha.


A medida que se acercaban comenzó, (ante sus atónitos ojos) a levantarse una potente fortaleza, los soldados trataron de derribarla con todo aquello que tenían a su alcance, pero sin éxito, los más osados se pusieron a escalar el muro, pero cuanto más subían más se elevaba, hasta que agotados, no les quedaba otra salida que descender. Al otro lado de la pared, se oía, por una parte las risotadas del diabólico ratón y por otro los entrecortados sollozos de la princesita pidiendo ayuda una vez más. -¡Socorro, salvadme del monstruito.....! 


Con la nueva y humillante capitulación, la desesperación del monarca no tenía límites. Se le ocurrió entonces, conceder la mano de su hija al joven noble que la librara de su cautiverio, cosa que hizo saber por todo el reino con un sonoro bando. La noticia se propagó con la rapidez de un rayo, dentro y fuera de sus dominios llegando a todos los confines del planeta, donde ya se tenía conocimiento de la belleza y bondad de Hijana. A todo ello había que añadir un atractivo más, las riquezas de su padre, del que era la única heredera. 


Con estos precedentes no es de extrañar que apuestos y feos (que también los había) príncipes solteros de la época se lanzaran a la aventura de rescatar a la insigne heredera, pero sin éxito, ninguno fue capaz de vencer al ratón. 


Cuando el desolado padre había perdido toda esperanza de recuperar a su hija con vida, un buen día, se presentó ante él Pantarín, un atractivo joven que no tenía ni gota de sangre azul en sus venas, pero si en cambio, otros muchos valores y atributos. El monarca nuevamente ilusionado, concedió plenos poderes, al valiente e intrépido muchacho, para actuar como considerara conveniente en la liberación de la princesa. 


Como todos los que le precedieron, Pantarín se dirigió hacia los dominios del maléfico roedor con el fin de descubrir donde residía la misteriosa fuerza que poseía. El animalejo, una vez más, recibió a su visitante con jugarretas mágicas apareciendo y desapareciendo por donde menos se esperaba a la vez que se levantaba la fantasmagórica muralla rodeando el mísero aposento de la princesa cautiva.


Al primer descuido del ratón, el joven le tendió una trampa: en un cepo colocó un pedacito de hogaza, y desde un buen escondite observó como el raptor se aproximaba a la comida e inmediatamente después salía huyendo, cuando Pantarín se acercó a recoger su rudimentaria máquina de cazar ratones comprobó que entre los muelles se habían quedado atrapados tres pelitos del bigote del animal, percibiendo además que el misterioso muro perdía por momentos, altura y consistencia. ¡Ahí pues!, era donde se concentraba la fuerza del minúsculo ratón.


Una vez descubierto el motivo de su lucha, puso en marcha el plan definitivo: Entre la maleza disimuló una gruesa capa líquida y muy pegajosa con materiales que él mismo preparó, depositando en el centro un trozo de queso, (exquisito bocado para un ratón), mientras Pantarín, de nuevo en su escondite, escudriñaba los movimientos de Bigotitos, que no pudiendo resistir la tentación cayó en el engaño, quedando fuertemente aferrado a la viscosa pasta. El valiente e ingenioso joven agarró al ratoncillo y uno a uno le fue arrancando todos los pelos del bigote, acabando para siempre con su poder. 


Liberó a la bella princesa y con tan preciada compañía se dirigió a palacio donde fue recibido con grandes muestras de júbilo y agradecimiento, por parte del soberano, los cortesanos y el pueblo llano. A pesar de no ser noble por razones de nacimiento, el rey, fiel a su promesa le concedió la mano de su hija sin ninguna reserva. Se casaron y fueron muy dichosos durante su dilatada vida, disfrutando además, de la compañía de una numerosa prole. 


Cuenta la leyenda que Hijana, de buen corazón, alimentaba de vez en cuando a un ratoncito que por carecer de bigotes tenía alguna que otra dificultad para conseguir comida, no así para burlar a los gatos palaciegos, demostrando ser más astuto e inteligente que todos ellos.


FIN


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