CENICIENTA

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Título: Cenicienta
Autor: Charles Perrault (según versión francesa)
Autor: Hermanos Grimm(en versión alemana)
Esta es la historia de Cenicienta, sacado íntegramente de las crónicas de la época. Por aquel entonces, un insigne noble enviudó quedando solo con una hija muy bella, bondadosa, delicada e inteligente, convencido de que la pequeña necesitaba una madre, casó en segundas nupcias, con una mujer de cualidades muy alejadas de sus expectativas, la dama en cuestión resultó ser una perversa mujer, que para colmo de males, aportó al matrimonio dos hijas feas, ignorantes y tan malvadas como su progenitora. Es fácil adivinar, que las virtudes de Cenicienta, despertaran en el infame trío los más exacerbados celos y enconada envidia.
A pesar de todo, la pequeña durante algún tiempo vivió feliz bajo la protección de su padre, pero tuvo la desgracia de quedarse huérfana muy pronto y fue entonces cuando la madrastra, se apoderó de todos los bienes que por legado le correspondían y relego a la indefensa joven al rango de criada. Entre sus muchos quehaceres estaba el de preparar la comida, con frecuencia andaba en el fogón de la cocina rodeada de pucheros, calderos y salpicada de ceniza, por lo que a modo de burla y escarnio la madrastra y sus dos hijas le pusieron el sobrenombre de Cenicienta.
Sucedió que el rey tenía un hijo y buscaba esposa, con este fin organizó un baile invitando a todas las jóvenes nobles en edad de casarse, este apasionante acontecimiento vino a alterar la vida de todos los habitantes de aquella casa.
Los días anteriores al festejo, todos los desvelos de las hermanastras de Cenicienta se encauzaron a preparar sus vestidos y peinado para el gran baile, a pesar de tanta dedicación, podría decirse que más bien perdieron el tiempo, pues sus toscas siluetas no se prestaban precisamente para el lucimiento. Cenicienta, por su parte, como joven aristócrata casadera, pidió permiso a su madrastra para participar en el acontecimiento, pero obtuvo un rotundo no por respuesta:
-Me gustaría asistir al baile –dijo la joven tímidamente.
-¡Jamás!, tú, te quedarás a recoger la mesa y fregar los platos, -respondió la madrastra sin ninguna compasión.

Cuando las malvadas usurpadoras se marcharon a palacio, Cenicienta rompió a llorar desconsoladamente, en ese momento apareció en la cocina su Hada madrina que cariñosamente le dijo:
-¿Por qué estas llorando niña?
-Me gustaría mucho poder asistir a la fiesta de Palacio.
-No te preocupes que tus deseos serán generosamente satisfechos.
Rápidamente el Hada se puso a trabajar con su barita mágica y ¡oh milagro! una calabaza que encontró en el jardín la convirtió en una suntuosa carroza; de unos pequeños y juguetones ratoncitos que no andaban lejos, obtuvo briosos caballos; consiguió además un cochero y varios lacayos de otros animalitos; los harapos de la joven se transformaron en elegantísimos vestidos adornados con rica y variada pedrería, que lucían a las mil maravillas en el esbelto cuerpo de la muchacha; sus raídas alpargatas pasaron a ser delicados y engalanados zapatitos de cristal, y todo ello en un instante y tan solo con un toque de barita mágica.
-Ya está todo listo. -Dijo el Hada generosa- espero sea de tu gusto.
-Es maravilloso –respondió Cenicienta agradecida y embelesada.
-Sólo una advertencia: antes de que el reloj de las doce campanadas tienes que estar de vuelta, pues a esa hora el embrujo desaparecerá y todo pasará a ser como antes.
-No te preocupes madrina lo tendré presente en todo momento.
Tan espectacular fue la entrada en palacio de Cenicienta y su sequito que acaparó la atención del rey, su hijo y el resto de los concurrentes, todo el mundo se preguntaba de dónde había salido tan bella y delicada criatura, tan grande fue su cambio que ni sus hermanastras la reconocieron, estaban muertas de envidia contemplado como el príncipe solo tenía ojos para la hermosa desconocida, con quien no dejó de bailar en toda la noche. Por su parte Cenicienta fascinada danzando en los brazos del príncipe se olvidó completamente de la advertencia del Hada hasta que desde la torre de palacio comenzaron a dar las campanadas de la media noche, al volver a la realidad salió tan precipitadamente que perdió uno de sus primorosos zapatos en la escalera. El príncipe salió tras ella pero no pudo darle alcance y solo recogió el zapatito y se lo guardo.
El rey viendo a su hijo muy enamorado de la dueña del zapato y encandilado por la belleza y cualidades de ésta, dio orden de que todas las asistentes al baile se probaran la zapatilla y aquella que le sirviera, fuera conducida inmediatamente a su presencia. Cuando el mensajero del rey llego a casa de Cenicienta con el zapato, las dos hermanas hicieron cuanto pudieron por podérselo calzar, pero todo fue inútil.
-¿Puedo intentarlo yo? –dijo cenicienta, que estaba presenciando la escena.
-¿Quieres probártelo tú? rieron las dos malvadas hermanas.
-¡Por qué no! -dijo el paje del rey, prendado de la grácil figura de la muchacha, que destacaba a pesar de sus ropas viejas.
Cuando Cenicienta se puso el zapato, se comprobó que encajaba perfectamente en su diminuto pie: “Tendré que llevaros a presencia de su Majestad”, dijo el emisario del rey.
La siniestra madrastra y sus hijas no salían de su asombro y, por poco les da un patatús, cuando de uno de los bolsillos del andrajoso delantal Cenicienta sacó el otro zapato y se lo puso, ante lo inevitable, cayeron a sus pies pidiéndola perdón, la generosa joven no dudó en hacerlo, olvidando muy pronto el mal trato recibido.
Apareció nuevamente el Hada y transformó los harapos de su ahijada en las más suntuosas galas, muy apropiadas, por otra parte, para su presentación en palacio.
El príncipe se quedó más prendado, aún si cabe, de la joven que el día del baile y la boda se celebró muy poco tiempo después, siendo, por siempre, muy dichosos.

FIN

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