LA PASARELA VENUSA



CUENTOS ORIGINALES - LA PASARELA VENUSA

Relato singular y legendario, de cómo se divertían y convivían los seres que en aquellos tiempos poblaban el planeta.


Pulsando en estas ventanitas puedes acceder a las actividades lúdicas de la web: crucigramas, sopa de letras, completar frase, cuestionarios y muchas más. Como te decimos todas son muy entretenidas y divertidas, tienes una escala de niveles para que elijas las que más se acople a tus gustos. Todas las palabras están contenidas en el texto del cuento.


 

Título: la pasarela Venusa
Autora: Malupa Fontana Óter

"Por orden del Señor alcalde se hace saber a todos los vecinos, que el concurso de disfraces tendrá lugar la víspera del día que se celebrarán las fiestas en honor a nuestra Santa Patrona, ósea se, el día anterior la 68-15 del año..." Siento mucho deciros que no he podido rescatar la fecha completa, pues el pergamino de la proclama municipal, estaba desmoronado, precisamente en el lugar de la cifra correspondiente al año. Aunque estoy en disposición de aseguraros que data de tiempos muy remotos, ¡tanto! que años, meses, días y horas, ni tenían la misma duración ni los mismos dígitos, precisamente desde los inicios del pregón: invento de las autoridades, para ordenar e informar a sus súbditos; en donde gustaban exhibir su verborrea en peroratas interminables, que hacían bostezar al personal. Después de incontables minutos de nuestro tiempo, este bando, que no transcribo para no aburriros, en resumen y en sustancia venía a significar las normas del concurso, que todo el mundo, año tras año, se saltaba a la torera. 


Nobleza y burguesía consideraban un deshonor participar en el evento, no así, asistir como espectadores en lugares privilegiados, y separados por estamento, además acaparaban la exclusividad de pertenecer al jurado, por lo que la intervención en el desfile se redujo un año más, al pueblo llano y necesitado, lo mas variopinto en "3 kilómetros a la redonda". La recompensa no era otra cosa, que una enorme torta hecha con cereales de diversos gustos, del tamaño de un neumático actual corriente, algo nada desdeñable en su estatus. 

A los desafinados acordes de una rudimentaria orquesta (por definirla de alguna forma), tanto y para que os hagáis una idea, los instrumentos de viento estaban fabricados con huesos de difuntos, comenzó a surcar la pasarela una gatita gorda y lustrosa de dudosa moralidad, que más que moverse según las exigencias de los cánones estéticos, parecía arrastras su fornido cuerpo por el escenario, eso sí ataviada con todo detalle: un grácil gorrito blanquecino fruncido con un grueso hilo azul que hacía juego con el rústico tejido del vestido, lucía además un babero con un bordado mal hecho y pasado de moda.


El siguiente en salir a la rudimentaria pista: (una tabla llena de desniveles), fue un famélico, pulgoso y garrapatoso perrito, ¡graciosillo él!, pero su deplorable aspecto hizo levantar algún que otro cuchicheo mal intencionado entre la concurrencia. Llevaba por disfraz unos irregulares dibujos hechos con carbón y tiza por su anciana madre que apenas veía. Al paso de Babilón que así se llamaba el can, algunos espectadores comenzaron a rascarse con desasosiego, al no ir debidamente aseado dejó tras de sí un reguero de dípteros.

Un tercer exhibicionista saltó al escenario, no sin temor y reparo, pues la gata glotona estaba cerca, aunque no creía, que fuera capaz de engullirlo ante tal gentío, ¡pero!, ¡nunca se sabe!; era un indefenso ratoncito al que no le hacía falta ningún disfraz, él, en si mismo, era un cuadro. Milagrosamente había salvado la vida en varias ocasiones pero no pudo conseguir salir ileso de dos contiendas, en una de ellas había perdido la mitad de su colita al intentar coger algún alimento de una despensa bien surtida, repentinamente alguien cerró la puerta con intención de triturarle, pero solo consiguió partirle el rabo. En otra fatídica ocasión le fue sustraída una patita casi  completa, antes de escapar del furioso ataque de un felino cazador; a pesar de todo, se atrevió a participar en la celebración y para camuflar su falta de rabo, se ató un molino de viento fabricado con papiro, que no dejaba de girar y girar mientras cruzaba la pista, dando cómicos saltitos obligado por la mutilación de su extremidad. 


El próximo en desfilar fue un león tuerto, con la melena sucia y deshilachada, había perdido el ojo en un enfrentamiento que comenzara un temible cazador de la época, muy popular hasta entonces, pues en el altercado, el provocador salió peor parado y pasó directamente a formar parte de la anatomía del carnívoro, (suceso que celebró todo el mundo animal), se protegía la cuenca del ojo con un parche negruzco. Aprovechando el infortunio y para darle más realismo a la cosa, se pintó una calavera en la testa a modo de pirata y de esta guisa se presentó al festejo soñando con el insignificante trofeo.


Cuando tras la descolorida cortina salió el siguiente competidor una carcajada generalizada resonó por toda la destartalada estancia. Sus más destacadas cualidades: bravura y memez, habían sido las causantes de que, desde tiempos remotos sirviera de burla escarnio y cruel diversión para muchos. Se trataba de algo parecido a un toro (de lidia, se diría hoy día), tenía amputadas las dos orejas y el rabo; las patas delanteras quebradas y embutidas en estacas de madera para poder sostenerse; el cuerpo parecía que se lo hubieran cosido a cicatrices, destacando una que le atravesaba de parte a parte, y donde no se si decir afortunada o desgraciadamente, no le había tocado ningún órgano vital, aunque le pasó rozando el corazón; lo poco que le quedaba de sus bien dibujadas astas estaba resquebrajado, roto. El deplorable aspecto que lucía el animal se lo debía al respetable, (una vez más, recurro a denominaciones actuales) que pagó un buen peculio para someterlo a una interminable y refinada tortura, mientras (y juro que es cierto, que lo cuentan las crónicas de la época), se divertía contemplando el cruento sacrificio. Nadie supo jamás como había salvado la vida. Al cruzar la pasarela, lejos de conmover a los espectadores con su penoso semblante, provocó la situación contraria y durante el lento recorrido, impuesto por sus taras físicas, no cesaron de obsequiarle, cual CHUSMA ENLOQUECIDA, con toda suerte de improperios, llegando incluso a lanzarle objetos hirientes, a la vez que el delirante griterío y las grotescas risotadas subían cada vez más de todo.


Penoso, que ese era precisamente su nombre, pensó: -¡Qué iluso! ¿Creer que podía conmover al jurado y llevarse el premio? Avergonzado se arrepintió toda su vida de haberse presentado al concurso, y en más de una ocasión llegó hasta lamentar el haber venido a este ingrato mundo. 


Para no aburriros con más detalles, os diré únicamente que el concurso se prolongó algunas horas más, sin dejar de repetirse las mismas escenas y parecidos personajes, hasta que las autoridades hartas y algo saturadas de tanta diversión, lo dieron por finalizado. El jurado (como ya os he dicho) compuesto por ricos y nobles, no se pronunció a favor de ningún participante. Como tenía la sartén por el mango, (lo que viene a significar que podía tomar la decisión que quisiera), se dirigió a los asistentes, con ayuda de un enorme cuerno que hacía las veces de micrófono, en estos términos: 

-"Como ningún concursante se ha esmerado lo suficiente para hacerse merecedor del premio, se guardará el galardón hasta el próximo año, aunque para entonces, será difícil hincarle el diente". -Bromeó socarronamente el disertante. 


Pero en realidad no fue ni muchísimo menos así, reunidos los altos magnatarios en el salón de plenos del Ayuntamiento, dieron buena cuenta de la torta del concurso, regando la garganta (de cada uno) con un exquisito vino, que bajo el nombre de un concepto nuevo denominado impuesto, le habían arrebatado al tío Pelícano, famoso por sus bodegas.


FIN



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