JUAN SIN MIEDO


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CUENTO POPULAR - JUAN SIN MIEDO

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Título: Juan sin miedo
Autor: Hermanos Grimm

Hrase una vez un padre que tenía dos hijos muy diferentes, mientras el mayor destacaba por su talento y habilidad para resolver cualquier tarea o situación, siempre se podía contar con su disposición y ayuda; el menor de los dos era un auténtico desastre incapaz de aprender o resolver nada. Tan popular era la torpeza del muchacho que los habitantes de cien leguas a la redonda no dejaban de compadecer al padre por tener un hijo tan inútil; se daba sin embargo, una curiosa circunstancia en la que aventajar a su hermano, mientras el mayor era bastante miedoso, todo le asustaba; en la oscuridad no podía aventurarse a pasar cerca de un cementerio, ni de ningún otro lugar de carácter fúnebre, esto al pequeño no le impresionaba nada le dejaba indiferente, desconocía el significado de la palabra miedo.

 

Durante las veladas nocturnas de las interminables noches invernales, reunidos en torno a la lumbre, cuando alguno contaba uno de esas historietas tenebrosas que ponen los pelos de punto, todos los oyentes solían exclamar: ¡Oh qué miedo! ¡Oh qué espanto! Juan que así se llamaba el indolente, apartado en un rincón, se lamentaba de no saber lo que era tener miedo, pensaba si sería alguna habilidad extraña que le era desconocida y no dejaba de repetirse a sí mismo: “me gustaría saber lo que es el miedo”.

 

Cansado el padre de esta situación y considerando que ya tenía suficiente edad para ello le dijo al muchacho:
-Mira hijo, ya eres lo bastante mayor para aprender un oficio y poder ganarte la vida con ello.
-Estoy totalmente de acuerdo contigo, padre, -contestó Juan tímidamente- tengo grandes deseos de conocer si tú lo apruebas, algo que siempre me ha intrigado y fascinado.
-Dime hijo, ¿qué es ello?
-Me gustaría mucho, aprender a tener miedo.
-Por eso no debes preocuparte, ya llegará el día en que conozcas el miedo, pero ello no te va a servir para ganarte el sustento.
-Pero padre… yo quiero ante todo conocer lo que es el miedo.

 

Esta conversación entre padre e hijo fue para todos los presentes motivo de carcajadas, burlas y comentarios jocosos, el sacristán que se encontraba entre ellos, amigo del apurado progenitor le ofreció su ayuda diciendo:
-Deja que a tu hijo se venga a vivir unos días conmigo que yo le enseñaré lo que es el verdadero miedo.
-De acuerdo, llévatelo y a ver si eres capaz de hacer de él un hombre de provecho.

 

Juan se fue con el sacristán que le encomendó la tarea de tocar las campanas. En su propósito de enseñarle lo que era miedo, una noche le despertó y mando subir al campanario; cuando llegó a la torre y fue a agarrar la cuerda que pendía del badajo para tañer las campanas descubrió un bulto blanco e inmóvil.
-¿Quién anda ahí? -gritó el muchacho.

 

Pero la figura que no era otra que el sacristán disfrazado con una sábana blanca para que lo confundiera con un fantasma, continuó estático y sin responder.
-Contesta o lárgate inmediatamente, nada tienes que hacer aquí a estas horas de la noche.
-¿Qué es lo que estás buscando? -le gritó el chico por segunda vez-. Habla si eres persona cabal, o te arrojaré escaleras abajo.

 

El sacristán, convencido de que no se atrevería a cumplir su amenaza siguió estático y sin pronunciar palabra. Juan entonces, por tercera vez, le instó a que se fuera o respondiera, y en vista de que la figura espectral seguía quieta e inmutable, le empujó escaleras abajo con tal fuerza que rodó varios escalones hasta tropezar con una esquina donde quedó atrapado y maltrecho, con varios huesos rotos. A continuación, terminó el toque de campana y como si nada hubiera pasado, se acostó quedándose profundamente dormido.

 

Mientras tanto la mujer del sacristán que estaba al corriente del suceso, extrañada por la tardanza de su marido fue a despertar al chico, algo que consiguió después de varios zarandeos y le preguntó:
-¿Sabes dónde está mi marido? Subió al campanario antes de que tú lo hicieras.
-En el campanario no estaba -respondió el muchacho- en cambio había alguien frente al hueco del muro, que se empeñó en no responder a mis preguntas ni marcharse, he supuesto que era un ladrón y lo he arrojado escaleras abajo. Espero y confío que no se tratase de él, de veras que lo sentiría.

 

La mujer se precipitó a la escalera y encontró a su marido tendido en el rincón de la mitad de la escalera quejándose y con una pierna rota. Lo bajó como pudo y agarrando al muchacho de sus ropas corrió luego a la casa del padre, hecha una furia y sumida en un mar de lágrimas:
-Vengo a devolverle a su hijo -se lamentó- ha causado una gran desgracia, ha empujado a mi marido escaleras abajo, y le ha roto una pierna.

 

El padre muy indignado, increpó a Juan con todo tipo de reproches:
-Eres una mala persona, una calamidad, solo sirves para darme disgustos.
-Soy inocente, padre -contestó el muchacho- cuando subí al campanario había un figura qué ni se movía ni contestaba y a la que confundí con un ladrón.

 

Y relato al padre el episodio del fantasma con todo lujo de detalles. Este ni siquiera le prestó oídos.
-Sal de mi casa, no quiero volver a verte.
-Si tú lo quieres padre así lo haré solo deseo complacerte, en cuanto sea de día me marcharé a ver si consigo aprender lo que es tener miedo y a ganarme el sustento.
-Toma 50 monedas y ve a donde quieras, márchate a correr mundo, pero no digas a nadie de donde procedes ni quien es tu familia, que solo serviría para avergonzarme.

 

A la mañana siguiente se levantó muy temprano, hizo un hato con sus escasas pertenencia, cogió las cincuenta monedas, y se marchó a conocer mundo con una sola idea que no dejaba de martillearle la cabeza y que le obsesionaba hasta el punto de decirla en voz alta una y otra vez: “si al menos supiese lo que es el miedo”, “si al menos supiese lo que es el miedo”….

 

Mientras esto murmuraba se tropezó con un hombre que escuchó su retahíla, después de andar un buen trecho juntos, lo llevó debajo de un árbol donde habían improvisado un patíbulo y ejecutado a siete individuos, cuyos cuerpos continuaban allí colgados.
-Si te sientas debajo del árbol y eres capaz de esperar a que llegue la noche sabrás lo que es el miedo.
-Si solo por esto consigo saber lo que es el miedo, vuelve mañana a buscarme, que en agradecimiento te daré mis cincuenta monedas.

 

Se sentó al pie del árbol debajo de los cuerpos inertes a esperar que llegara la noche, como hacía mucho frio encendió fuego, el viento helado que iba en aumento empezó a balancear los cadáveres.

“Si yo aquí junto al fuego estoy helado de frio que será de esos pobres que no dejar tiritar allá arriba” –pensó el ingenuo muchacho- y cogió una escalera los fue bajando y arrimando al fuego uno tras otro para que se calentasen, como el viento arreciaba y él no dejaba de avivar el fuego se prendieron los andrajos de los ajusticiados.


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