JUANILLO EL OSO


hoja 2

JUANILLO EL OSO

Después del éxito de su arriesgada peripecia, la vida de Juanillo transcurrió como la de cualquier otro niño: asistía a clase a la vez que ayudaba a su madre en algunas tareas. Cabe decir, que en el colegio muy pronto y sin proponérselo fue el centro de atención de sus compañeros por sus extraordinarias dotes, tanto físicas, como morales, granjeándole la envidia de algunos muchachos bastante inferiores a él. Durante algún tiempo soportó pacientemente algunas amenazas y muchas burlas, hasta que harto de la situación y teniendo en cuenta que los provocadores no entendían otro lenguaje, les enseñó respeto y hasta sumisión, mediante una pequeña demostración de fuerza. 
Cuando Juanillo se hizo mayor, se convirtió en un apuesto y atractivo joven lleno de inquietudes, y comprendió que en aquel apacible pueblo no había sito para él, y sin mas, un buen día planteó a su madre la necesidad que tenía de marcharse de allí, a correr mundo, -a si lo llamaba él-. La buena mujer apenada por la decisión de su hijo lloro desconsoladamente, pero sobreponiéndose a su dolor, con el mejor semblante posible bendijo la partida de su hijo. También al muchacho le entristecía mucho la idea de dejar sola a su querida madre, aunque solo fuera hasta conseguir una situación mejor para ambos. 
Antes de emprender el viaje paso por casa del carpintero, para encargarle una enorme garrota y sin más compañía que su cayado y una bolsa de viandas que con gran cariño le había preparado su madre, se lanzó a la aventura. 
Comenzó Juanillo sus correrías por esos mundos de Dios, sin saber muy bien donde dirigir sus pasos. Después de una interminable caminata que hubiera agotado a cualquier otro, él continuaba tan fresco. Tropezó con un solitario muchacho aproximadamente de su edad, que mataba el tiempo arrancando pinos con sus manos y sin el menor esfuerzo, sorprendido nuestro protagonista se dirigió a él: 
   -¡Hola muchacho! ¿Cómo te llamas?
   -Me llaman Arrancapinos, que como puedes ver es algo que se me da muy bien.
En este casual encuentro y de forma inmediata, surgió entre ellos un sentimiento mutuo de simpatía y admiración. Juanillo le invito a seguirle y Arrancapinos acepto encantado. Y los dos juntitos y muy contentos, cada uno con la compañía del otro, continuaron el caminando sin rumbo fijo. 
En su peregrinar tropezaron con otro individuo sorprendente, de una sola patada allanaba grandes montañas, cuando a este singular sujeto apodado Allanacerros, le propusieron unirse al grupo, también aceptó de buen grado.
Juntos y animados los tres valiente y forzudos muchachos continuaron su camino con la misma indecisión que hasta entonces; para salir de dudas Juanillo más capacitado para abordar cualquier situación que los otros dos, (como se verá a lo largo de la historia), cogió un puñado de tierra lo lanzó al vacío diciendo: -¡Donde el viento nos lleve¡
Así fue como la Providencia les condujo a una increíble, apasionante y arriesgada aventura, que llevaría a cada uno de ellos a conocer la verdadera naturaleza del otro, en detrimento de su amistad.
Durante algún tiempo anduvieron errantes sin que les ocurriera nada digno de mención, algo cansados y un poco decepcionados acordaron quedarse a descansar algunos días en un mismo sitio (su espíritu aventurero no les permitía disfrutar de una vida sedentaria durante mucho tiempo). Por suerte para sus fines tropezaron con una vieja casa abandonada, después de recuperar fuerzas con un prolongado sueño, se percataron de que eran presas del hambre, no lejos de allí pastaban unas vacas, al parecer sin dueño, lo que vino a resolverles la imperiosa necesidad de llenar su estómago. 
Muy interesados los tres muchachos en preservar la armonía reinante hasta entonces, se organizaron, repartiéndose las tareas que consideraban imprescindibles: mientras uno de ellos permanecería en la casa preparando la comida, los otros dos irían a explorar los alrededores realizando aquellos trabajos que se terciaran y pudieran proporcionales algún peculio.

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