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JUANILLO EL OSO


Hace mucho, mucho tiempo, en una apartada aldea, vivía una bella y virtuosa joven en compañía de sus padres y hermanos, todas las mañanas, junto con otras muchachas del lugar, iba a llenar de agua su cantarillo a una fuente que distaba algunas leguas del poblado, cumpliendo así una de las muchas tareas que tenía encomendadas.

El juvenil grupito, del que formaba parte Melania, que así se llamaba la chiquilla, con el espontáneo alborozo y gracejo propios de la edad, alegraba el abrupto camino, unas veces con animadas charlas y las más con desentonados cánticos y sonoras carcajadas. ¡Qué lejos estaban de sospechar!, que día tras día, oculta entre matorrales, acechaba una espantosa fiera, esperando el momento de apoderarse de una de ellas, la más bella, nuestra protagonista.

La ocasión no tardo en presentarse. Una mañana que Melania tuvo que salir sola más temprano que sus compañeras, el oso, que esa era su condición de bestia, al tener la seguridad de no ser visto se abalanzó sobre la muchacha y la arrastró lejos de allí, hasta un inhóspito paraje donde tenía su cobijo: una lúgubre cueva que prácticamente selló con una enorme piedra después de encerrar a la hermosa aldeana. Ni que decir tiene, que la aterrorizada joven, sin posibilidades de escapar, ni luchar contra la superioridad física de su raptor, tuvo que adaptarse a su nueva situación, soportando los caprichos de la extraña fiera.

A partir de entonces, todos los días se sucedían con la misma monotonía, el oso se levantaba muy temprano movía la pesada piedra y salía a ocuparse de sus tareas diarias, no sin antes tomar la precaución de ajustar bien la mole que hacía las veces de puerta para impedir que la muchacha huyera. Volvía provisto de todo tipo de alimentos: frutos, verduras, carne de animalitos que había cazado, hasta miel, (su más apreciado manjar); todo ello lo compartía solicito con la mujer. Se podría decir sin temor a equivocarse, que el trato que recibía la desdichada Melania de tan singular animal rayaba en la exquisitez, sin conseguir con ello doblegar su voluntad, que en todo momento se mantuvo alerta por si se le presentaba la posibilidad de escapar de su cautiverio.

La distracción que anhelante, esperaba y deseaba Melania, nunca llego a producirse (tan precavido y astuto era el oso), llevaba meses, que le parecieron siglos, encerrada en la cueva, cuando vino a alegrar la triste existencia de la muchacha el nacimiento de un precioso niño; la madre le puso por nombre Juanillo, más tarde se ganaría el apodo del Oso por su extremada fuerza, destreza y valor. El feliz acontecimiento también fue del agrado de la bestia, que muy pronto integró al pequeño en sus juegos y correrías, instruyéndole pacientemente en todo aquello que un animal de su alcurnia debía saber. A Juanillo como niño le divertía la situación, pero, ante todo era humano y a medida que iba creciendo fue tomando conciencia de la irregular situación en que se encontraba su madre, y en lo más hondo de su ser adquirió el firme compromiso de librarla de su cautiverio lo antes posible.

Con muy pocos años, Juanillo propuso a su madre escapar de la cavernosa morada del oso, acertada decisión con la que llevaba soñando meses Melania. Aquello no era vida para ella, cosa que ya poco importaba, el verdadero problema era su hijo que crecía deprisa, dotado de grandes cualidades que no podía desarrollar en aquel irregular entorno mezcla de vivencias humanas y animales. Noche tras noche, mientras el oso dormía, intentaban mover la pesada piedra de la entrada, pero sin éxito, solo cuando Juanillo alcanzó la edad de nueve años, después de un inusitado esfuerzo, consiguieron abrir un pequeño boquete por el que poder deslizarse tanto el cuerpo del pequeño como el de la delgada madre. Cuando por fin se vieron libres, comenzaron a correr desesperadamente y no se detuvieron hasta considerar que se hallaban fuera del alcance de la fiera. Más tarde y ya más calmados, continuaron viajando durante varias jornadas dejando atrás muchos poblados, hasta que un día, cansados de su interminable huída, decidieron instalarse en una pequeña y agradable aldea, librándose definitivamente de la influencia del oso y recobrando por fin la ansiada y bien merecida libertad y tranquilidad que éste les había arrebatado.














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© Libre transcripción del manuscrito de Luisa Lamparero Agustín, basado en la recopilación de relatos de su tío Manuel.
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