EL PRÍNCIPE BERRINCHES

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Título: El príncipe Berrinches
Autora: Malupa Óter Delgado

Marco era un joven y agraciado príncipe apodado el Berrinches, seudónimo ganado a pulso por su irregular conducta, a veces se portaba muy bien pero otras no dejaba de lamentar su mala suerte, a pesar de ser nada más y nada menos, el hijo del mismísimo rey. Con frecuencia y sin ningún pudor, ni motivo aparente, manifestaba su malestar ante toda la corte con espectaculares rabietas, que hacía las delicias de los cortesanos (aunque éstos, se veían obligados a disimular sus carcajadas delante de los monarcas, por exigencias del protocolo y por temor a posibles represalias), su real geta se llenaba de copiosas lágrimas y su cuerpo se contorsionaba cual acróbata circense, por todas las baldosas de palacio.

Un día que el infante se encontraba en plena crisis, apareció de improviso y en medio de una lujosa estancia de palacio, el genio particular de los soberanos atendiendo a la desesperada telepática llamada de la reina. El poderoso mago, tras varios intentos, consiguió que Marco sin dejar de suspirar, lloriquear y moquear, le prestara un poco de atención.
-¿Por qué lloras alteza? –preguntó el geniecillo.
-Porque soy muy desgraciado –contestó el principito entre apagados gemidos- todos los días me tengo que levantar temprano y me obligan hacer los deberes para con mi futuro puesto de rey.
-¿Tan duras son de esas obligaciones? -Repuso el mago.
-Bastante, tengo que aprender matemáticas, lengua, geografía, astronomía, historia, y un sinfín de variadas disciplinas más como bailar, cabalgar, conocer el uso y costumbres de otras cortes junto a todos los monarcas y sus hijas, para poder elegir esposa con el mayor acierto. No me dejan comer lo que yo quiero, ni lo que más me gusta, argumentando que mi figura se volvería grotesca y mi salud precaria. Tan amplias son mis obligaciones que apenas tengo tiempo para jugar, y para colmo de males no puedo salir solo a la calle como todos los demás niños del reino, si lo hago tiene que ser en carroza y acompañado de mi séquito.
-¿Te gustaría cambiarte por otro niño? –Dijo el mago con perspicacia, conociendo de antemano la respuesta-. Yo te puedo ir proponiendo oficios a los que dedicarte y tú eliges aquel que más te agrade, con mis poderes tu elección será satisfecha en un pispas.
-¡Claro, me encantaría! –Respondió entusiasmado y esperanzado el ingenuo principito.

-¡Bien! Para empezar probemos con un paje, convertido en sirviente no tendrías que estudiar.
-¡No gracias!, a cambio estaría obligado a acatar las órdenes y caprichos de mis superiores sin posibilidad de réplica.

-¿Preferirías ser el hijo de un cocinero? Comerías cuanto quisieras, ¿quién te lo iba a impedir?
-Pero tendría que realizar todas las engorrosas tareas del oficio, tales como fregar, matar y desollar animales, pelar patatas, además de otras muchas de parecida índole, tampoco dispondría de tiempo para jugar, pues la gente no sacia nunca el hambre, siempre está comiendo. Ni siquiera vería la luz del sol desde los sótanos de la siniestra cocina.

-¿Qué tal pasar a ser el hijo de un herrero?
-No soportaría estar todo el día pegado al fuego realizando tan pesado trabajo, corriendo el riesgo de abrasarme vivo y en verano el sufrimiento sería del todo insoportable.

-Y ¿convertirte en pastor?, pasarías la vida al aire libre podrías corretear y trotar por los campos, jugar con piedras y el cayado, no tendrías que moverte en carroza, ni escoltado.
-Pero a cambio tendría que levantarme muy temprano tanto en invierno como en verano, llevar el ganado a pacer, deambulando sin descanso toda la jornada en busca de nuevos pastos, y por la noche de nuevo surtir los pesebres de mies, después de haber ordeñado todas las hembras. Me acostaría tarde, agotado y sin ganas de juegos.

-¿Aprobarías trabajar como leñador?.
-Me vería obligado a estar solo y aislado en el bosque cortando y talando árboles con el hacha, un trabajo agotador y arriesgado, expuesto a un accidente, tanto por la peligrosa herramienta, como por un posible e inesperado ataque de alguna fiera.

Se había hecho muy tarde y el geniecillo comprendió, tras la larga disertación, que Marco había reflexionado y aprendido la lección, pero continuó hablando con la idea de dar por finalizado su cometido.
-Si, a su alteza no le convence ninguno de los oficios propuestos, -insistió el duendecillo- mañana podemos continuar probando con otros diferentes.
-¡No gracias!, -repuso el principito- mejor me quedo como estoy, creo que soy afortunado en cuanto a privilegios y el menos indicado para quejarme de mi suerte, además como el resto de los mortales debo cumplir con las obligaciones que me corresponden. En adelante tratare de no volver a quejarme.

El muchacho intentó portarse conforme a las normas establecidas aunque no siempre con éxito, continuó con sus rabietas, cada vez más esporádicas eso sí, hasta casi alcanzar la madurez, exactamente un par de años antes de anunciar su compromiso con una bella princesa procedente de una ilustre corte cercana, pero este estúpido proceder infantil, manchó para siempre su historial con el apodo de Berrinches.

Por su parte el geniecillo desapareció satisfecho por el deber cumplido y, con el agradecimiento de los monarcas.

 

FIN

 


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