AVENTURAS DE PECIFÍN

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Título: Aventuras de Pecifín
Autora: Malupa Fontana Óter

¡Hola amiguitos! Os presento a dos pececitos: Pecifón y Pecifín protagonistas de este impresionante relato.


Una mañana, como tantas otras, papa Pecifón y su hijo Pecifín comenzaron sus tareas diarias abandonaron su cálido y seguro refugio rocoso trasladándose con maestría y placer  por su arriesgado y portentoso habitad natural, que no era otro que el inmenso océano: bello, temerario y muy poblado, mitad seguro y mitad hostil, lo que condicionaba la existencia de nuestros amigos, (os los acabo de presentar, por eso ya podemos llamarlos así) estos desplazamientos resultaban ser muy divertidos  en ocasiones, pero la mayoría de las veces los rigores del medio les obligaban a ir esquivando obstáculos y sortear todo tipo de peligros.


-¡Papá, papá! –dijo Pecifín– mira esa extraña criatura que no deja de columpiarse de un hilito apenas visible, podía servirme de desayuno.

-¡Cuidado hijo! no te acerques -dijo el padre alarmado al percatarse de lo que era.

-Pero ¿por qué? ¡papá! debes comprender que tenemos que desayunar, y eso parece un exquisito bocado.

-Si hijo, es una llamativa tentanción que puede ser alimento o no, lo que si está claro es que se trata de un cebo.

-Y eso ¿qué es? ¡papá! –dijo el inocente pequeño.

-Un cebo ¡hijo mío! -Dijo el padre dándole toda una lección de supervivencia- es un gusanito o cualquier otra cosa que pueda atraer la atención de un pez, que se coloca estratégicamente ocultando un ganchito de metal llamado anzuelo, atado al sedal por un lado, esa discreta y fina cuerdecita que como estás viendo se mece caprichosamente al ritmo de las olas y que por el otro extremo se une a una caña manejada por un pescador que no deja de acechar pacientemente, a que algún incauto pececillo sea presa de su trampa para después, poder degustarlo en la mesa convenientemente preparado a la cazuela. Si miras atentamente hacia arriba  podrás distinguir la estática silueta del obstinado sujeto que nos quiere atrapar.

-Los ataques siempre nos han venido por agua nunca por tierra –refunfuñó el hijo.

-Pues esto podía ser una experiencia nueva y terrible para ti si te dejas engatusar.

-¡Venga papá! no digas más tonterías, -con esta expresión al uso, dejó el pececito de escuchar los consejos de su padre.


Pecifín se precipitó sobre la comida prohibida; haciendo caso omiso de las advertencias paternas, fue entonces cuando se desencadeno la tragedia, quedó, como muy bien había vaticinado su progenitor, atrapado en el garfio, sintió un insoportable dolor, a la vez que notaba como tiraban de él hacia arriba con una fuerza tan pesada que no podía vencer sus inconmensurables aleteos tratando de librarse de aquel gancho que atenazaba sus branquias entre copiosas lágrimas de dolor que inmediatamente se fundían en el mar y grandes gritos en demanda de ayuda.


Su padre se quedó petrificado ante la cruenta escena, no podía hacer nada en defensa de su hijo, sabía cómo esquivar el ataque de un tiburón, a veces incluso en su comunidad se organizaban fiestas para burlarse de estos voraces animales haciendo acrobacias delante de sus enormes fauces y diminutos ojos, eran juegos comunitarios muy divertidos, aunque, no exentos de riesgo, por ello solamente participaban los peces adultos, pero en esta ocasión le faltaban conocimientos, que no valor, para luchar contra aquel artilugio tan complicado para un diminuto pescado.


Después de una lucha atroz Pecifín consiguió librarse, casi milagrosamente, del garfio que enganchado en su boca le llevaba irremisiblemente a la muerte, aunque salió de la contienda magullado, malherido y con un trozo de metal dentro.


Gracias a la diligencia de Pecifón que le condujo rápidamente y con sumo cuidado hasta el refugio, y a la habilidad de otros peces expertos en remedios curativos que le quitaron la metralla, (no había médicos porque en el mar no se necesitan), además de los cuidados de toda la vecindad, el pececito se restableció totalmente y escarmentado y arrepentido con la terrible vivencia nunca más volvió a desobedecer a sus mayores, por ende, los sabios de la colonia; aunque eso sí, una vez recuperado del todo, tuvo que aguantar las bromas de sus amigos que llamaban trofeo al trozo de alambre que le fue extraído de su boca y que tenía guardado en un cajón de su mesita de noche, para no olvidarse de lo que no debía volver a hacer nunca jamás. 


FIN


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