CUENTO ORIGINAL - PLASTILINA

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Título: Plastilina
Autora: Malupa Fontana Óter


Un tremendo estampido la dejó inconsciente, cuando despertó medio aturdida, por poco se muere del susto. Se encontraba sola en medio del océano, cercada por un montón de restos del naufragio que acaba de sufrir, dentro de un cachivache que por momentos se iba llenado de agua y cuyo nivel se acercaba peligrosamente a la altura de su boca. 

Tenía que darse prisa en discurrir algo útil para no desaparecer bajo la superficie del mar como todo lo que no podía flotar o sabía nadar, a ella por desgracia le pasaba ambas cosas. Por fin vino a sacarla de su apurada situación un enorme (visto claro, desde la perspectiva de un roedor) corcho, que había pertenecido a un barril de ron, todavía conservaba el mareante tufillo del fuerte licor, a pesar de encontrarse empapado de agua salada. Llegó hasta él saltando, con gran peligro de su vida, por entre los distintos y desordenados fragmentos del siniestro.

Aún no le había tenido tiempo de prepararse para la larga travesía hasta tierra, cuando con gran sorpresa por su parte, descubrió que no estaba sola, entre la plomiza, niebla divisó el único superviviente que no deseaba encontrar, se trataba, ni más ni menos, que de Barrigón, el temible gato del capitán pirata, que dada su enorme fisonomía, hacía con creces honor a su nombre. 
-¡Hola Plastilina! -Le gritaba desde lejos moviendo insistentemente una de sus rollizas manos, mientras que con la otra se aferraba con tremenda dificultad a una bota de su dueño, mientras avanzaba hacia ella a merced de las olas. 
-¡Hola barrigón!, ¡vaya desastre! 
-Si me dejas subir a tu corcho, te ayudaré a remar y las posibilidades de llegar a tierra, sanos y salvos aumentarán. 
-No puedo fiarme de ti -respondió Plastilina-, pero menos aún permitir que te ahogues teniendo tanto espacio en mi flotador, aunque tienes que prometerme que no me comerás al menor descuido. 
-¡Cómo puedes pensar algo así de mí! -Replicó muy ofendido Barrigón-. Y poniendo la mano en el pecho, con un gesto harto cómico añadió: -¡juro solemnemente que no haré tal cosa!, yo solo me como a los ratoncitos que no son amigos, a ti te considero casi una hermana. 
-¡Ja, ja...! -Rió incrédula la ratita. 

Barrigón saltó al corcho flotante que hacía las veces de barco, e instintivamente hizo ademán de engullirse a la ratita, pero se acordó de su promesa, además, se consoló pensando que no le faltarían ocasiones cuando llegaran a tierra; a modo de remos utilizaron dos cucharas de madera que encontraron balanceándose en el agua. 

La travesía fue de los más entretenida, uno de los episodios más destacados, ocurrió durante el tercer día de viaje, en el que estuvieron a punto de acabar triturados entre los afilados colmillos de un tiburón, salvaron milagrosamente la vida gracias a la ayuda de una amable ballena que empujó su improvisado barco a gran velocidad hasta perderle de vista, tan rápido iba el salvavidas que Barrigón mareado perdió el equilibrio y se iba directamente al agua cuando la bondadosa ratita, una vez más le tendió su mano amiga, sujetándole fuertemente e impidiendo que acabara en el fondo del mar. 

Desembarcaron en un tranquilo y bonito pueble costero, Plastilina desconfiando de su acompañante trató de alejarse lo antes posible: 
-¡Adiós Barrigón!, me voy a buscar alojamiento para pasar la noche. 
-¡No tengas prisa mujer!, podemos pasarla juntos, ya ves lo bien que me he portado durante todo el trayecto. 

Tanto insistió que terminó por ceder, pero a media noche cuando el cansancio venció a la ratita y se quedó medio dormida, el gato gordinflón, perverso y desleal le lanzó un tremendo zarpazo que a duras penas pudo esquivar, le salvó su mayor destreza y agilidad. 
-¿Querías que te sirviera de cena? -manifestó indignada Plastilina. 
-¡Perdona hija!, me he dejado llevar por el instinto. 
-Ya veo que no puedo confiar en ti, no quiero volver a verte nunca más. 

Como tenía toda la tierra por delante, salió corriendo para nunca más volver a encontrarse con tan temible felino, aunque le llegaron confidencias de su forma de vida, al parecer ya no era tan cómoda como la que había llevado hasta entonces en el barco, se veía obligado a trabajar duro para poder alimentarse y en consecuencia había perdido unos cuantos kilitos que no le vinieron del todo mal, ya que estilizaron su figura.

Amiguitos, desconfiad de aquellos que solo os quieren cuando necesitan ayuda, una vez satisfecha su necesidad, os darán la espalda o lo que es peor, un temible zarpazo al menor descuido.

FIN


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