LA PRINCESA Y EL GUISANTE



CUENTO POPULAR - LA PRINCESA Y EL GUISANTE

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Título: La princesa y el guisante
Autor: Hans Christian Andersen

Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa de sangre real, con este propósito recorrió todo el mundo conocido por aquel entonces y encontró varias princesas en cada uno de los reinos visitados, para averiguar si realmente  eran de sangre azul, su madre, la reina, las sometía a un prueba irrefutable: Las aspirantes eran  invitadas a pasar la noche en una habitación dotada de un mullido colchón lleno de almohadones, cojines y todo tipo de comodidades, bajo el cual la reina colocaba un único guisante, a la mañana siguiente y hasta entonces, todos las candidatas manifestaban su agradecimiento por el confort y lo bien que habían dormido, las lisonjas que prodigan a los monarcas, lejos de favorecerles se volvían en su contra al mostrar una total ausencia de sensibilidad ante el guisante, y en consecuencia evidenciar que no eran auténticas princesas.

 

Decepcionado y nostálgico el príncipe regresó a sus dominios con toda su comitiva. Una oscura noche invernal se desencadenó una terrible tempestad; entre el ensordecedor y continuo retumbo de los truenos los habitantes de la fortaleza pudieron oír unos débiles golpecitos en la puerta de la entrada principal, y a la intermitente luz en tiempo e intensidad de los relámpagos distinguir una delicada silueta femenina calada hasta los huesos, todo el personal de palacio se apresuró a auxiliar a la desvalida criatura, la llevaron a presencia de los soberanos, que quedaron asombrados por su hermosura y refinados modales.

-¿Quién eres? –Preguntó el príncipe impaciente.
-Soy la hija del rey Gudux. –Contestó la joven, que tiritaba de frío.
-Y ¿qué haces a estas horas, sola por el mundo y de esa guisa: empapada de pies a cabeza? –Añadieron los monarcas con curiosidad.
-Navegaba con mi cortejo, cuando nos ha sorprendido la tormenta, arrasando con todo, yo me he salvado milagrosamente.

 

Conmovidos por la historia, la proporcionaron cobijo, alimentos y ropa seca, y la reina no quiso perder la ocasión de comprobar si se trataba de una princesa auténtica como decía, para ella preparó la prueba del guisante, como lo había hecho en anteriores ocasiones e incluso añadió algunos colchones más.

 

A la mañana siguiente cuando la princesa hizo su aparición a la hora del almuerzo, enseguida fue sometida a un expectante interrogatorio:
¿Qué tal habéis dormido, alteza?
-Siento mucho decir que bastante mal. –Se excusó tímidamente la princesa.
-Y ¿Qué es lo que ha perturbado vuestro descanso? ¡Alteza! –replicó el príncipe
-Había algo en el lecho a pesar de los numerosos cojines, que me ha impedido conciliar el sueño, e incluso me ha llenado el cuerpo de contusiones. 

 

Ya no era necesario seguir investigando, no cabía la menor duda de que se trataba de una auténtica princesa de sangre real. Como ambos eran jóvenes y bellos, se enamoraron rápidamente, y con la misma prontitud se hicieron los preparativos nupciales; se casaron, compartiendo todo y viviendo muy dichos el resto de sus vidas.

FIN



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