EL SASTRECILLO VALIENTE

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Título: El sastrecillo valiente
Autor: Hermanos Grimm


Una mañana me dijo mi querido abuelo:
-Me viene a la memoria un hecho muy lejano, tan curioso como esperpéntico, que me relató mi padre y a él al suyo, y así sucesivamente.
-¡Abuelito! Cuenta, cuenta que te escucho con entusiasmo sincero.
Muchos años atrás existió un humilde sastrecillo que se pasaba el día tras la ventana sin dejar de darle a la aguja, parecía feliz con su destino, pues nunca dejaba de sonreír y a veces se despachaba con alguna melodiosa balada. Una mañana oyó como una campesina gritaba desde la calle:
-Rica mermelada.
-Rica y barata mermelada…
El hombre abrió la ventana, saco medio cuerpo fuera y a grito pelado instó  a la vendedora a que subiera a su casa. La mujer se precipitó escaleras arriba y cuando llegó, casi sin resuello, mostró solícita la cesta llena de diferentes tarros, el joven los fue abriendo uno por uno, impregnando el sentido de su olfato con tan delicioso aroma y por fin se decidió a comprar cuatro míseras onzas de la que le pareció más de su agrado, algo que no complació mucho a la negociante, que se fue refunfuñado escaleras abajo: “tantas molestias para tan poco provecho”.

Nada más marcharse la mujer el sastrecillo corto una rebanada de pan y la untó con la deliciosa compota, cuando se disponía a hincarle el diente pensó: “la saborearé mejor si termino antes el trabajo que tengo pendiente” y dejó el refrigerio sobre la mesa mientras reanudaba su labor.
Tan apetitoso manjar, fue un reclamo irresistible para las numerosas moscas que por allí pululaban. El sastre bondadoso por naturaleza trató de disuadirlas con palabras, idioma, que naturalmente los molestos y golosos insectos no entendieron, cansado e irritado, dijo:
-¡Ahora vais a saber lo que es bueno! Y se lanzó a golpes hasta acabar con todas ellas.
Asombrado de su hazaña, se convenció a si mismo que debería propagarla por el mundo, y sin  pensarlo más, se fabricó un cinturón en donde con grandes letras bordadas figuraba la inscripción: “SIETE DE UN GOLPE”, se lo ciñó al pecho y  abandonó su taller para lanzarse a la aventura de conocer el mundo y mostrar a todos su proeza,  de lo que era capaz.
 Busco entre sus pertenencias algo que le pudiera servir para el viaje y solo encontró un queso rancio, lo cogió y se lo metió en el bolsillo, ya en la puerta de la calle vio un pajarillo enredado entre unos matorrales que también recogió y guardó en su bolsillo.
Anduvo sin descanso durante mucho tiempo hasta llegar a lo alto de un cerro allí se tropezó con un gigante, que sentado dejaba pasar el tiempo, el sastrecillo se le acercó amistoso:
-¡Buenos días amigo! ¡Qué! ¿Contemplado el paisaje?
-Así es, -respondió el gigante sin ninguna cortesía.
-Me  voy en busca de fortuna y te invito a que me acompañes. Continuó diciendo el sastrecillo.
El hombretón case se desternilla de risa, y desdeñoso le replicó:
-Fuera de mi vista insignificante ser, y no me molestes más.
Herido en sus sentimientos el valiente sastrecillo se desabrochó la chaqueta dejando al descubierto el cinturón.
 -Aquí tienes una muestra de lo que puedo llegar a ser.
Cuando el gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE tuvo el total convencimiento de que se trataba de siete hombres y aunque le impuso algo de respeto, seguía considerándose muy superior y trató de ponerlo a prueba, con intención de humillarle una y otra vez; para empezar cogió una piedra   y la estrujó con tal fuerza que llego a sacarle algunas gotas de agua.
-¿Serias capaz de hacer esto? -dijo en tono socarrón, saboreando de antemano la derrota de su contrincante.
-Eso para mí es un juego de niños. Saco con disimulo el queso del bolsillo y lo apretó hasta que brotó todo el jugo.
No conforme con esto, el hombretón continuó con sus bravatas y tomando otra piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podía seguirla.
 -A ver si eres capaz de mejorar este lanzamiento.
-Nada más fácil, -contestó tranquilo el muchacho, y sacando el pájaro del bolsillo  lo dejo volar hasta perderse de vista, tan rápida fue la jugada, que no dio tregua a su contrincante para percatarse del engaño.
 Sin salir de su asombro, ni darse por vencido, el grandullón  probó una forma nueva de vencer al hombrecillo, arrancó un roble y dijo al joven:
-¿Te atreverías a  transportar tan pesada carga?
-Si tú arrastras el tronco con el hombro, yo me ocuparé de las ramas que es lo más pesado. –Replico sonriente el sastrecillo.
El gigante se echó el tronco al hombro adoptando una postura que le impedía volver la cabeza, momento que aprovechó el sastre para acomodarse sobre las ramas, de esta manera, el forzudo, no solo acarreo todo el árbol sino que cargo también con su adversario que insultante por su astucia, iba silbando una cancioncilla.
El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, agotado gritó:
-¡No puedo más, tengo que soltar el árbol!
El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó las ramas con los dos brazos, como si lo hubiese sostenido así durante todo el camino, y no contento con eso, se permitió el lujo de recriminar  la conducta de su oponente:
 -Parece mentira que con tu tamaño no seas capaz ni de transportar un pequeño árbol más allá de una milla.
Una vez más la astucia había vencido a la fuerza bruta.
Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa, donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia abajo y lo puso en manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió la copa a su primera posición, arrastrando consigo al sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo:
-¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque?
-No es que me falte fuerza -respondió el sastrecito.  Si salté por encima del árbol, es porque hay unos cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lo mismo, si puedes!
El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también esta vez el sastrecito se llevó la victoria.
-Ya que eres tan valiente, te invito a que pases la noche en mi casa y conozcas a mi familia.
El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego dándose un generoso festín, cada uno se estaba comiendo un cordero asado.
Después de la cena le invitaron a acostarse, el sastrecillo estaba muy cansado para continuar el viaje y se tumbó en la cama, pero era demasiado grande y no podía dormir, salto de ella y se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y empuñando una enorme barra de hierro, descargó varios golpes sobre la cama. Luego volvió a acostarse, con la certeza de que había acabado para siempre con tan invencible rival. Cuando los gigantes despertaron y vieron al hombrecillo vivo, alegre  y tranquilo, salieron despavoridos temerosos de alguna posible represalia, convencidos de que si se lo proponía, podría acabar con todos ellos.
Una vez solo, almorzó copiosamente con las sobras de la noche anterior y prosiguió su camino sin dar demasiada importancia al episodio con los gigantes.
Caminó sin descanso durante una larga jornada hasta llegar al jardín de palacio donde exhausto, cayó sobre la hierba quedándose profundamente dormido con la chaqueta entreabierta, muchos cortesanos curiosos corrían a ver el cinturón  que adornaba su pecho, “SIETE DE UN GOLPE”, pensando que se trataba de algún valiente hidalgo corrieron a dar la noticia al rey.

 Todos cuentos por allí desfilaban eran de la opinión de que  sería un hombre extremadamente valioso en caso de guerra y que en modo alguno debía perder la oportunidad de ponerlo al su servicio de su pueblo y, así se lo comunicaron al  monarca que convencido y agradecido de los consejos de sus súbditos, envió a su primer ministro para que le ofreciera un destacado puesto en su ejército. El emisario esperó pacientemente a que despertara y le comunicó los deseos del rey que además coincidían con el resto de los cortesanos.
-Me complace enormemente poder servir a vuestro rey, -contestó el sastrecillo.
Tan buena fue la impresión que causó, que le recibieron con honores dignos de un príncipe y le otorgaron una residencia para él solo. Todas estas distinciones levantaron la envidia del resto del ejército, que se hacía mil conjeturas de lo que podía o no pasar en caso de enfrentamiento con tan temible individuo, y se pusieron de acuerdo para pedir al rey la dimisión.
El monarca pensó en todos los pros y los contras de la situación; por una parte no podía prescindir de su leal ejército, y por otra tenía miedo de enfadar a aquel que creía podría convertirse en un temible adversario, llegando incluso a arrebatarle el trono. Tras muchos quebraderos de cabeza puso en marcha un astuto plan.
Ordenó comunicar al joven que gracias a su valor tenía que encomendarle una misión especial: En un bosque, no lejos de la corte, vivían dos temibles gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podía acercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecillo lograba vencer y exterminar a estos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad de su reino;  además, ponía a su disposición un ejército de cien soldados de caballería para que lo auxiliaran en tan arriesgada empresa.
El muchacho no podía negarse a la oferta real, sobre todo al pensar en la generosa recompensa: ¡Casarse con la bella princesa!, como no era ambicioso, el trono, no le preocupaba demasiado, aunque no por ello lo desdeñaba. En seguida se puso en camino seguido por los cien jinetes, cuando llegaron al linde del bosque les ordeno:
-Vosotros esperar aquí, no necesito ayuda para acabar con dos tristes gigantes.
Los jinetes aceptaron aliviados sin la menor réplica.
Se adentró en el bosque con el mayor sigilo y comenzó a buscar a diestro y siniestro hasta tropezar con los dos gigantes que dormían plácidamente mientras las ramas de los árboles se balanceaban con sus estrepitosos ronquidos. Cogió algunas piedras y trepó hasta la copa de los árboles que quedaban justo encima de las enormes criaturas, procurando quedar bien camuflado y acomodado. Cogió los cantos y las lanzó, procurando ser preciso, una tras otra contra los ojos de los que dormían, éstos se despertaron asustados y de muy mal humor enzarzándose en una terrible disputa, al no ver a nadie cada uno culpaba al otro. Al cabo de un rato se calmaron las aguas y  volvieron a dormirse repitiéndose la misma escena hasta que en el colmo de la exaltación los gigantes se enfrentaron con tal fuerza que no dejaron de pelear hasta llegar al exterminio total, causando grandes destrozos en la vegetación.
Salió entonces, el sastrecillo del bosque a reunirse con la caballería como si tal cosa, antes de marcharse tomo la precaución de hacerles algunos cortes en los cadáveres con su espada, para dejar patente su intervención en la contienda.
-¡Ya está!, los gigantes han sido eliminados, aunque me ha costado un tremendo esfuerzo acabar con ellos. –dijo en tono tranquilo a su tropa.
-¡Pero  ni siquiera estás herido! –Aseveraron los jinetes, que no salían de su asombro, ya que le daban por muerto.
-¡Nada!, no se me ha movido ni un pelo, ¡qué son para mí dos hombretones!, cuando he matado a siete de un golpe.
A continuación dio órdenes a su hueste de que se adentraran en el bosque pasa corroborar el hecho. Los soldados se quedaron petrificados, no podía creer lo que tenían ante sus ojos: además de los gigantes muertos, encontraron varios árboles arrancados de cuajo, llegaron a la conclusión de que el altercado fue más peliaguda de lo que se habían imaginado y así se lo contaron al monarca y se propago de boca en boca, en cien leguas a la redonda.
Cuando el sastrecillo se presentó ante el rey a reclamar su recompensa, no sin respeto, aunque orgulloso de su proeza, el soberano se hizo el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe.
-Recibirás lo prometido, pero para que haya paz en el reino, antes tendrás que  capturar un unicornio que anda suelto por el bosque causando muchos estragos.
-No temo al unicornio, ni necesito el ejército, me conformo una soga y un hacha. –respondió muy digno y resuelto el joven.
Nada más adentrarse en la espesura apareció el feroz animal dispuesto a embestirle, zigzagueando entre los árboles el sastrecillo consiguió que se clavara el cuerno en uno de ellos, tan fuerte fue la cornada que quedó atrapado, ató la cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y lo llevó ante la presencia al rey.
 Una vez más el muchacho fue aclamado como héroe por todo el reino, encomio, que por otra parte, se había ganado a pulso, a pesar de ello, el insaciable soberano le exigió una tercera prueba.
-Antes de que se celebre la boda, tendrás que acabar con un feroz jabalí que causa grandes destrozos por el bosque y sus alrededores, como el cometido es muy arriesgado te acompañarán dos cazadores. 
-Si lo comparamos con las misiones anteriores, me parece un juego de niños, -Replicó el sastre.
Como de costumbre no quiso que los cazadores se adentraran con él en el bosque, éstos aceptaron encantados quedarse en los límites. Rápido cavó una profunda fosa disimulándola con ramas, y esperó a que apareciera el jabalí, no tardó mucho, cuando la fiera corría furiosa a clavarle los colmillos cayo en la trampa y, por más que lo intento no pudo liberarse, corrió a buscar a los cazadores para que remataran la faena y dieran fe de su deber cumplido.
El rey entonces, no encontró ningún otro motivo para retrasar el cumplimiento de su promesa. Entrego a su futuro yerno la mitad del reino.
-A mi muerte y por derecho propio, todo será tuyo –le comento en algún momento antes de comenzar la ceremonia; y ordenó los preparativos de la boda con la pompa y el boato que requería la ocasión.
La princesa no cabía en si de gozo, ¡iba a casarse con el héroe nacional! Enamorada, sin conocerle, por su fama, quedó más prendada aún, si cabe, el día que por primera vez lo vio ante el altar con su atuendo real. Parecía y no exagero, que su porte le viniera de cuna.
Y ésta es la curiosa historia, de como un humilde sastre, usando únicamente su talento, llego a ser Rey de un importante territorio.

FIN


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