LOS TITIRITEROS



LOS TITIRITEROS
De entre el extenso y variado repertorio narrativo de mi abuela he seleccionado este trágico, conmovedor y verídico relato para compartirlo con vosotros.

Título: Los titiriteros (cuentos de la abuela)
Autora: Malupa Fontana Óter


La historia que voy a contaros tuvo lugar hace ya muchos años ¡figúrate cuantos!, aún no existía ni la radio, ni el cine, ni la televisión, ni asomo de internet y muchísimo menos artilugios electrónicos con que poder distraerse, jugar o simplemente comunicarse. Para sentirla, no es preciso remontarse a épocas prehistóricas en blanco y negro, sino llenar la mente de una variada y alegre paleta de colores y entrar en los años de nuestros antepasados más cercanos: abuelos, tatarabuelos, o trasabuelos.


Una soleada mañana llegó a una pequeña aldea llamada Azulete, un grupo de titiriteros formado por un par de familias numerosas. El humilde espectáculo ambulante se desplazaba en sendos vehículos de tracción animal, (rústicos carros con enormes ruedas, propios de la época). Los "títeres" de entonces diferían mucho de lo que hoy en día se entiende como tal, el equipo no contaba con marionetas, tampoco disponía de muñecos de trapo o cualquier otro material zarandeados oportunamente por burdos hilitos a la vista de todos; los actores eran de carne y hueso: personas y animales. El papel de éstos últimos era muy destacado y, en la mayoría de las representaciones los protagonistas absolutos.


Siempre que ocurría tal evento (muy espaciado en el tiempo), se desataba el entusiasmo por doquier, la monotonía del día sufría una metamorfosis, se hablaba, gritaba, reía, se entablaba comunicación y fluía entre gentes que jamás se habían saludado, la algarabía era tal que llegaba hasta alterar la enseñanza obligando por tradición, que no por ley, a cerrar la escuela a transformar el día lectivo en festivo, según mi abuela: "no se perdía demasiado" porque muchos de los maestros eran semianalfabetos, leían con dificultad, apenas sabían escribir e ignoraban las reglas más elementales de la ortografía y, como característica singular gustaba resaltar, enfáticamente, la imposibilidad de mezclar en el aula niñas con niños.


El espectáculo que no necesitaba de mucho montaje era precedido por una exhibición de todos los "artistas": personas, perros, monos, cabras… desfilando por las calles del pueblo para anunciar al uso todo cuanto ofrecía el circo: "Señoras y señores, niños y niñas, esta tarde pueden ver ustedes… pasen y verán…" El esforzado pregón, imprescindible para hacerse oír, estaba a cargo del señor de más edad del grupo, llevaba de la mano, con cariño y orgullo a su nieta Paulina, una preciosa y menudita niña de unos tres o cuatro añitos, su nombre, desconocido hasta entonces, pasó en pocas horas, a ser el más popular en muchos pueblos a la redonda llegando incluso hasta nuestra generación.


En la proclama no podía faltar la música, de ello se encargaba un esbelto y desnutrido jovenzuelo que trataba de sacar sonidos armoniosos a un tambor, pero ejercía el efecto contrario "dañar los oídos". Acompañaba al cortejo las miradas de todos los vecinos que salían a curiosear a la puerta de la casa, ellas delantal en mano y los hombres apoyados en garrotes por su avanzada edad, los jóvenes estaban ocupados en menesteres más productivos, el final del séquito pertenecía por derecho entusiasta a los niños del lugar que entre grandes muestras de alegría, saltos y cabriolas parecían ser parte integrante del propio espectáculo.


El escenario se montaba al aire libre en medio de la plaza, sometido, particularmente en invierno, a las inclemencias climatológicas: lluvia, granizo, nieve, a veces la bóveda celeste se envolvía de un negro tan intenso que sembraba el temor entre los sabios habitantes y no sin razón, pues siempre iba acompañada de una amenazante y estridente descarga de luz y ruido, rayos y truenos, que convertían el poblado en diversos e improvisados ríos, tan impetuosos y descarriados que se llevaban por delante todo cuanto encontraban a su paso.


Aquella fatídica tarde todo comenzó muy bien, contaba la circense diversión con tiernos perritos que sabían sumar: 3+ 2=5, restar: 7-5=2, naturalmente que el resultado no lo daban con vocablos, sino, en vehementes y continuados ladridos. Un monito que no dejaban de hacer un sinfín de monadas entre saltos, cabriolas e increíbles equilibrios. Una de las acrobacias estrella la protagonizaba una graciosa cabrita, a la que llamaban, injustamente, la Sucia por ir dejando un reguero de heces por donde pasaba, (exigencias de la naturaleza, por una parte, sin perder un ápice de su atractivo, por otra) su número consistía en ir escalando alturas para llegar a una plataforma del tamaño de una patita, donde con gran dificultad tenía que posar las cuatro y mantenerse en esa incómoda y dolorosa postura hasta nueva indicación del adiestrador.


El número final, considerado de máxima importancia, estaba a cargo de los trapecistas: sobre una cuerda floja colocada a una más que considerable altura del suelo empedrado de forma natural, dos adultos se deslizaban de un lado a otro, se cruzaban, contorsionaban, todo con gran maestría, a veces arrancaban un unánime grito del espectador al fingir que perdían el equilibrio y estaban a punto de dar con sus huesos en el suelo. Se incorporó a la exhibición Paulina, la niña que acompañaba a su abuelo en el desfile preliminar cautivando al gentío con su encanto, la criatura se ceñía a la escena feliz, relajada, sin dejar de sonreír, como algo habitual; iba de mano en mano de uno a otro equilibrista como si de una pelota se tratara, la zozobra del público subía tanto de intensidad que se llegaba a contener la respiración por instantes; el silencio alcanzaba cotas tan altas, que resonaba en los oídos el palpitar de los corazones. La tensión del momento se truncó repentinamente con el trepidante redoble de tambor; fue entonces cuando se produjo la desgracia coincidiendo con la tenebrosa premonición: la pequeña se deslizo de las manos de los volatineros chocando contra el suelo en un golpe letal. El público entre expectante, curioso y anonadado se arremolinó en torno a lo que parecía un muñeco de trapo, mientras los imprudentes titiriteros, destrozados, se abalanzaban sobre el inerte y querido cuerpecito en un desesperado y fallido intento de reanimarlo.

 

A los dos días los circenses dejaron el pueblo al que jamás volvería devastados por la tragedia, Paulina en cambio se quedó para siempre con los aldeanos en un sombrio y diminuto lugar del cementerio.


FIN

páginas infantiles de variada temática, estás en la zona de lectura, tienes varios enlaces para acceder a otros contenidos.


web clocks reloj web
Contatore

Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre tu uso de este sitio web. Si utilizas este sitio web, se sobreentiende que aceptas el uso de cookies. Entendido Más información